Cuando el virus H5N1 de la influenza aviar de alta patogenicidad (IAAP) comenzó a propagarse por el mundo, Nueva Zelanda se encontró en una situación inusual.
Durante varios años, el país permaneció libre de esta cepa, aunque ya estaba causando consecuencias sin precedentes en varios continentes, como episodios de mortalidad de aves silvestres, brotes en aves de corral e infecciones en mamíferos.
Sin embargo, estar libre de la enfermedad no significaba estar libre de la amenaza. En lugar de esperar la llegada del virus H5N1, Nueva Zelanda aprovechó este margen de tiempo para prepararse.
Los organismos gubernamentales, el sector avícola, los especialistas en fauna silvestre, los laboratorios y otros socios trabajaron conjuntamente para reforzar la vigilancia, mejorar la bioseguridad, elaborar planes de respuesta y estudiar formas de proteger a algunas de las especies autóctonas más vulnerables del país.
En julio de 2026, cuando se detectó por primera vez el virus H5N1 en Nueva Zelanda en un ave marina pelágica, esta preparación se puso a prueba. La experiencia del país ilustra un principio fundamental de la gestión de emergencias: una respuesta eficaz se construye a partir del tiempo dedicado a la preparación.
Prepararse para una amenaza que aún no había llegado
Nueva Zelanda tenía buenos motivos para prepararse. La panzootia mundial de H5N1 ha demostrado que las consecuencias del virus pueden ir mucho más allá de la producción avícola. Las aves silvestres han sufrido graves episodios de mortalidad, mientras que también se han notificado infecciones en un número cada vez mayor de especies de mamíferos.
Para Nueva Zelanda, el posible impacto sobre la biodiversidad era motivo de preocupación. El país alberga aves autóctonas únicas, que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo, incluidas especies cuyas poblaciones apenas alcanzan unos pocos cientos de individuos.
Consciente de la interconexión de estos riesgos, Nueva Zelanda desarrolló su preparación mediante un enfoque «Una sola salud», reuniendo al Ministerio de Industrias Primarias (MPI), el Departamento de Conservación (DOC), el Ministerio de Salud y Health New Zealand | Te Whatu Ora, junto con representantes del sector, los iwi (grupos tribales maoríes), socios dedicados a la conservación y otras partes interesadas.
Desde el principio, su planificación reconoció que el virus H5N1 no podía abordarse únicamente como un problema de sanidad animal. Una incursión podía afectar simultáneamente a la conservación de la fauna silvestre, la producción avícola, el comercio y, potencialmente, la salud pública.
«La preparación implica desarrollar los sistemas, las relaciones y las capacidades necesarios antes de que llegue una enfermedad. La IAAP ha demostrado a escala internacional cómo un evento de sanidad animal puede afectar a la fauna silvestre, la producción de alimentos e incluso la salud humana. Al reunir desde un primer momento a los sectores pertinentes, hemos podido comprender los riesgos y asegurarnos de estar preparados para responder rápidamente cuando sea necesario ». — Dra. Mary van Andel, jefa de los Servicios Veterinarios y Delegada de Nueva Zelanda ante la OMSA.
Proteger a las especies antes de su exposición al virus
Quizás el aspecto más distintivo de la preparación de Nueva Zelanda haya sido su labor en torno a la vacunación de aves autóctonas amenazadas.
Antes de que el virus H5N1 estuviera presente en el país, el DOC llevó a cabo un ensayo de vacunación de un año de duración con un máximo de diez aves de cada una de las siguientes cinco especies amenazadas: kākāpō, takahē, kakī o cigüeñuela negra, tchūriwat/tūturuatu o chorlitejo maorí, y kākāriki o periquito.
El objetivo no era vacunar a la fauna silvestre a gran escala. En el caso de una enfermedad que circula entre aves silvestres en libertad, esta medida no sería viable ni suficiente. En su lugar, las autoridades querían determinar si la vacunación podía ofrecer una protección adicional a pequeñas poblaciones sometidas a una gestión intensiva, para las cuales un brote importante podría amenazar la supervivencia de toda la especie.
El ensayo proporcionó información crucial antes de que se produjera la emergencia. Las cinco especies desarrollaron una respuesta inicial de anticuerpos y no se observaron reacciones adversas. En cuatro de ellas, la mayoría de los individuos mantuvieron una respuesta sólida durante al menos seis meses. En el caso del kakī, los niveles de anticuerpos disminuyeron al cabo de tres meses, lo que puso de manifiesto la necesidad de aplicar una pauta de vacunación diferente.
«Sabíamos que la vacuna se había utilizado con éxito en zoológicos de otros países, pero desconocíamos hasta qué punto sería eficaz en las singulares aves autóctonas de Nueva Zelanda, que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo», explicó la Dra. Kate McInnes, asesora científica principal y veterinaria especialista en fauna silvestre del DOC, tras el ensayo.
Estos datos pudieron traducirse posteriormente en acciones concretas. Tras la detección del virus H5N1 en aves marinas migratorias en Australia en 2026, Nueva Zelanda activó sus planes para vacunar a unas 300 aves reproductoras esenciales pertenecientes a algunas de sus especies más amenazadas. El programa comenzó antes de que el virus H5N1 fuera detectado por primera vez en Nueva Zelanda.
La vacunación nunca se concibió como una solución independiente. Complementaba la bioseguridad, la vigilancia, los programas de reproducción, el control de depredadores y otras medidas destinadas a reforzar la resiliencia general de las poblaciones amenazadas.
La preparación también depende de las alianzas
El sector avícola y el Gobierno de Nueva Zelanda ya trabajaban conjuntamente para reforzar la bioseguridad en las explotaciones y los mecanismos de respuesta ante emergencias. Los recursos elaborados por la Poultry Industry Association of New Zealand y la Egg Producers Federation ofrecen a los productores orientaciones prácticas que abarcan todo el ciclo de la emergencia: desde impedir la entrada de la enfermedad en una explotación hasta preparar planes de respuesta y saber cómo actuar durante un brote.
En 2025, el Gobierno y el sector avícola también formalizaron un acuerdo operativo sobre la IAAP y otras enfermedades aviares exóticas. El acuerdo estableció mecanismos conjuntos de toma de decisiones y precisó cómo se repartirían los costos de preparación y respuesta.
Aunque este tipo de mecanismos pueda parecer meramente administrativo, permite responder a preguntas cruciales antes de que comience una emergencia: ¿quién es responsable de qué? ¿Cómo se tomarán las decisiones? ¿Cómo se financiarán las actividades de respuesta? ¿Y qué incentivos favorecerán una notificación rápida?
Nueva Zelanda ya había demostrado el valor de la detección temprana y la cooperación durante un brote distinto de IAAP H7N6, registrado en una granja comercial de producción de huevos en Otago en diciembre de 2024. Las restricciones de movimientos, las pruebas de diagnóstico y la rápida respuesta permitieron contener el brote en una única explotación.
De la preparación a la respuesta
El 15 de julio de 2026, Nueva Zelanda confirmó su primera detección del virus H5N1 en un págalo pardo, un ave marina. La detección modificó la situación epidemiológica, pero no marcó el comienzo del trabajo de Nueva Zelanda frente a la IAAP.
Los sistemas de vigilancia ya estaban bien establecidos. Los organismos disponían de mecanismos para trabajar conjuntamente. Los productores avícolas habían estado preparando sus planes de bioseguridad. Los equipos de fauna silvestre habían dedicado tiempo a evaluar los riesgos para las especies autóctonas. El programa de vacunación de aves amenazadas ya estaba en marcha. Nueva Zelanda contaba con una base sólida y pudo intensificar, en lugar de iniciar, la mayoría de sus actividades de preparación y respuesta.
Esta es precisamente la razón por la que la preparación resulta tan importante. Las normas internacionales de la OMSA destacan que la rapidez y la eficacia de las respuestas frente a las emergencias de sanidad animal dependen del nivel de preparación establecido previamente. Esto incluye el análisis de riesgos, la planificación para situaciones de emergencia, los sistemas de vigilancia y alerta temprana, la capacitación, los ejercicios de simulación, una definición clara de las responsabilidades y la colaboración entre las autoridades y las partes interesadas que deberán actuar durante una emergencia.
La experiencia de Nueva Zelanda ayuda a mostrar cómo pueden aplicarse estos principios en la práctica. La preparación no puede impedir que todos los agentes patógenos atraviesen una frontera, en particular cuando intervienen los desplazamientos de animales silvestres. Tampoco puede eliminar toda la incertidumbre que rodea a una amenaza emergente para la sanidad animal.
Lo que sí puede hacer es garantizar que, cuando llegue la amenaza, los países no tengan que empezar desde cero. Frente a la IAAP, y frente a las emergencias de sanidad animal del futuro, el tiempo así ganado puede marcar una diferencia decisiva.
Un serotipo de la fiebre aftosa ha sido notificado por primera vez despues de 60 años en Europa, Oriente Medio y Asia, mucho más allá de la región donde fue identificado por primera vez hace aproximadamente 80 años. En la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), seguimos de cerca la situación, ya que cada nuevo brote de fiebre aftosa no solo representa una amenaza para la sanidad animal, sino que también pone de manifiesto las múltiples formas en que los animales y las personas están interconectados. Para proteger la sanidad animal, la cooperación y la prevención son esenciales: descubra por qué.
Más de 6 600 kilómetros separan las capitales de Chipre, Lesoto y Mongolia. Sin embargo, en 2026, estos tres países se enfrentaron al mismo desafío: la aparición de un serotipo de fiebre aftosa que nunca antes se había detectado en sus territorios.
Veterinarios y ganaderos llevan décadas enfrentándose a las amenazas de la fiebre aftosa en todo el mundo. Aunque la enfermedad rara vez es mortal, es extremadamente contagiosa entre los animales y puede tener un impacto importante en su salud y productividad. En algunos países y regiones, la fiebre aftosa ha sido erradicada con éxito y, en la actualidad, es una de las pocas enfermedades para las que la OMSA reconoce un estatus oficial de libre de enfermedad, lo que permite a los países comerciar y exportar animales y productos de origen animal de forma segura.
El nuevo serotipo de fiebre aftosa detectado recientemente en varios países de Europa, Oriente Medio y Asia tiene una historia interesante. Conocido como SAT 1, sigla de Southern African Territories 1 (Territorios de África Austral 1), históricamente ha estado asociado con el África austral, donde fue identificado por primera vez en 1948. Aunque fue notificado ocasionalmente en algunos países de Oriente Medio y Europa entre 1962-1965 y 1969-1970, SAT 1 ha permanecido durante mucho tiempo vinculado al África austral.
Desde 2025, el serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa se ha detectado cada vez más en zonas situadas a miles de kilómetros de su área de distribución tradicional, lo que ha generado preocupación en los últimos meses, no solo por la distancia que parece haber recorrido en poco tiempo, sino también por el impacto potencialmente significativo que podría tener sobre la sanidad animal, los medios de vida y las economías.
Seguimiento estrecho de la propagación de la fiebre aftosa
Desde febrero de 2026, hemos seguido con especial atención la propagación del serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa. A comienzos de año, se notificó un aumento de brotes en Sudáfrica, mientras que Botsuana, Esuatini, Lesoto, Zambia y Zimbabue comenzaron a presentar nuevas notificaciones. En algunos casos, los brotes afectaron zonas reconocidas oficialmente como libres de fiebre aftosa y recibieron una importante cobertura mediática local debido a su impacto sobre los movimientos de animales y la producción ganadera. Aunque preocupante, la presencia de este serotipo en la región no era inesperada, dado su vínculo histórico con el África austral.
La situación era diferente en otras regiones. Según los datos oficiales comunicados por los Miembros de la OMSA a través del Sistema Mundial de Información Zoosanitaria (WAHIS), Israel, Chipre, Palestina, China y Mongolia notificaron su primera aparición del serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa en 2026, en ese orden cronológico. El mismo serotipo ya había sido notificado por primera vez en Iraq, Kuwait, Egipto y Azerbaiyán en 2025, también siguiendo el orden cronológico de notificación oficial a la OMSA.
Tras sesenta años de ausencia, el serotipo SAT 1 volvió a ser notificado a través de WAHIS en Türkiye, Líbano y Grecia entre 2025 y 2026.
El mapa muestra los brotes de fiebre aftosa causados por el serotipo SAT 1 notificados a través de WAHIS desde principios de 2025, a fecha de 26 de agosto de 2026.
Estos datos desempeñan un papel fundamental para comprender la magnitud de la amenaza y ayudar a los países y territorios a prepararse para posibles incursiones de la fiebre aftosa.
Puede ponerse en marcha una amplia gama de medidas preventivas, entre ellas el refuerzo de la bioseguridad, la vacunación, los controles de movimiento y la vigilancia fronteriza. Sin embargo, todas estas acciones requieren recursos, y el acceso a datos sólidos y fiables facilita que los gobiernos y las autoridades de sanidad animal justifiquen y movilicen dichos recursos a tiempo.
El impacto de la fiebre aftosa en los animales, las personas y las economías
La fiebre aftosa afecta al ganado bovino, porcino, ovino y caprino, así como a otros animales de pezuña hendida, sin distinguir entre poblaciones domésticas y silvestres. Una vez que la enfermedad se detecta en una zona, el comercio de animales y productos de origen animal queda sujeto a severas restricciones. Dado que la fiebre aftosa es altamente contagiosa, prevenir una mayor propagación se convierte en una prioridad inmediata. Esto puede tener consecuencias significativas para los ganaderos y sus medios de vida. Sin embargo, el impacto de la fiebre aftosa no es el mismo en todos los países.
Una reciente evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) puso de relieve que la vulnerabilidad económica asociada a la incursión del serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa en Asia y el Pacífico se distribuye de manera desigual. Mientras que, por lo general, se espera que las economías grandes y diversificadas absorban los choques macroeconómicos resultantes, las economías más pequeñas y dependientes de la ganadería son mucho más vulnerables. En estos países, las pérdidas podrían alcanzar hasta el 1 % del PIB, mientras que las perturbaciones comerciales podrían generar costes equivalentes o incluso superiores a las pérdidas directas de producción. Por lo tanto, en caso de un brote de fiebre aftosa, las consecuencias podrían extenderse más allá del sector ganadero y convertirse en una crisis que afecte al conjunto de la economía.
Invertir ahora para evitar lo peor
En la OMSA, hemos seguido de cerca la propagación del serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa porque constituye un claro ejemplo de cómo la sanidad animal está estrechamente vinculada a los medios de vida, las economías y la seguridad alimentaria. Ya en mayo de 2026, la fiebre aftosa era una de las principales preocupaciones de muchos expertos en sanidad animal que asistieron a nuestra Sesión General en París, dedicada a la importancia de invertir en la sanidad animal. En esa ocasión, Franck C.J. Berthe, especialista sénior en agricultura para África Occidental y Central del Banco Mundial, destacó la necesidad de invertir en la sanidad animal, porque:
“Se estima que la fiebre aftosa cuesta a los ganaderos hasta 21 000 millones de dólares al año en todo el mundo. Sin embargo, es una enfermedad que, en teoría, sabemos cómo controlar. Y no digo que sea fácil, pero contamos con ese conocimiento. Las herramientas existen, la estructura financiera existe; lo que falta es la voluntad política para ampliar la aplicación del conocimiento y las soluciones”.
La reciente aparición del serotipo SAT 1 de la fiebre aftosa es motivo de preocupación, pero puede gestionarse. Con las medidas preventivas adecuadas y una inversión sostenida en los sistemas de sanidad animal, su impacto puede mitigarse. Como señaló Franck C.J. Berthe: “La próxima gran crisis podría surgir de un sistema ganadero cuya salud hemos decidido no financiar”.
Mientras la República Democrática del Congo (RDC) sigue haciendo frente a un brote de la enfermedad por el virus del ébola causado por el virus Bundibugyo, con casos relacionados notificados en Uganda, la atención mundial se centra, como es lógico, en salvar vidas humanas. Según la información más reciente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la RDC ha registrado más de 4 500 casos confirmados y más de 2 000 fallecidos, lo que convierte al brote actual en el más mortífero de la historia del país. La magnitud y la rapidez de la epidemia han reavivado la atención mundial sobre una enfermedad que ha traspasado en repetidas ocasiones las fronteras entre los seres humanos y los grandes simios.
Sin embargo, se está librando otra batalla lejos de los centros de tratamiento, en los bosques de África Central, donde la enfermedad por el virus del ébola ha devastado las poblaciones de grandes simios. En el caso de una enfermedad que encarna a la perfección el concepto «Una sola salud», proteger la fauna silvestre no es incompatible con proteger a las personas.
La enfermedad por el virus del ébola y sus diferentes cepas, entre ellas la de Zaire (EBOV) y la de Bundibugyo (BDBV), son sinónimo de epidemias en humanos. Las imágenes de personal sanitario con equipos de protección, entierros seguros y centros de tratamiento de urgencias acaparan la atención pública cada vez que el virus resurge. Sin embargo, décadas de investigación han demostrado que los seres humanos son solo una parte de un panorama ecológico mucho más amplio en el que intervienen la fauna silvestre, los ecosistemas y las complejas interacciones en las que surgen las enfermedades.
El próximo brote de la enfermedad por el virus del Ébola no solo supone un reto para la salud pública, sino también para la sanidad de la fauna silvestre. Comprender lo que ocurre en la fauna silvestre es esencial si queremos prevenir futuras epidemias.
Alexandre Fediaevsky, jefe del Departamento de Preparación ante Emergencias y Resiliencia de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA).
Las víctimas olvidadas de la enfermedad por el virus del ébola
Mucho antes de que la enfermedad por el virus del ébola se convirtiera en un problema sanitario mundial reconocido por la (OMS), ya había estado afectando a la fauna silvestre.
Uno de los ejemplos más dramáticos se produjo a principios de la década de 2000, cuando los brotes en la República del Congo provocaron una mortalidad catastrófica entre los gorilas de las tierras bajas occidentales. Un estudio histórico publicado en la revista Science estimó que murieron más de 5 000 gorilas en una sola región, con una disminución de las poblaciones locales de hasta un 90-95 %. Esos hallazgos transformaron la comprensión científica del ébola, revelando que el virus no solo era una amenaza para la salud humana, sino también uno de los mayores peligros infecciosos a los que se enfrentaban los grandes simios de África.
Estudios posteriores confirmaron que el virus del ébola de Zaire, junto con la caza furtiva y la pérdida de hábitat, ha contribuido a graves descensos en las poblaciones de gorilas y chimpancés en toda África Central.
No son el reservorio, pero sí son muy vulnerables
A menudo se considera que ciertas especies de murciélagos frugívoros son los huéspedes reservorio más probables; sin embargo, aún hay que confirmar estas pruebas. Estos animales pueden ser portadores de virus sin presentar una enfermedad grave, lo que permite que el virus persista en la naturaleza. En ocasiones, el virus se transmite a otros animales silvestres, como gorilas, chimpancés y duikers (pequeños antílopes africanos) y, en determinadas circunstancias, a los seres humanos.
Este proceso, conocido como efecto colateral o «spillover», es la clave de la aparición del ébola. Las infecciones en humanos pueden producirse a través del contacto con fluidos de animales infectados, tras lo cual la transmisión de persona a persona mantiene los brotes.
Es fundamental comprender estas vías ecológicas. Cada brote ofrece una oportunidad para mejorar el conocimiento sobre las especies reservorio y sobre cómo los cambios medioambientales, la composición, la densidad y los movimientos de las especies silvestres, así como las actividades humanas, interactúan para crear condiciones favorables a la aparición de enfermedades.
Una interfaz sanitaria bidireccional
La enfermedad por el virus del ébola se describe habitualmente como una enfermedad zoonótica, es decir, una que se transmite de los animales a los seres humanos. Sin embargo, cada vez se reconoce más que la relación entre las personas y la fauna silvestre es bidireccional.
Aunque actualmente hay pocas pruebas de la existencia de una «zoonosis inversa» (es decir, que los seres humanos transmitan la enfermedad por el virus del ébola de vuelta a las poblaciones de grandes simios silvestres), los científicos han documentado la transmisión de otros patógenos, incluidos virus respiratorios, de los seres humanos a los gorilas y los chimpancés. Estos hallazgos refuerzan la importancia de minimizar el contacto innecesario entre personas y fauna silvestre durante los brotes de enfermedades y ponen de relieve la necesidad de una vigilancia integrada en la interfaz entre la fauna silvestre y los seres humanos.
Las poblaciones de fauna silvestre sanas contribuyen a la salud de los ecosistemas, y los ecosistemas sanos, en última instancia, favorecen la salud de las comunidades humanas; precisamente por eso la vigilancia debe extenderse a los animales e ir más allá de los hospitales y las clínicas.
Sophie Muset, coordinadora del Programa de Salud de la Fauna Silvestre y coordinadora del proyecto ZOOSURSY.
De reaccionar a prevenir
Los esfuerzos científicos se han ido desplazando cada vez más de la documentación de la mortalidad de la fauna silvestre hacia la prevención de futuros brotes.
Los investigadores combinan ahora la vigilancia ecológica, el seguimiento de la sanidad de la fauna silvestre, la modelización epidemiológica y los análisis genómicos para comprender mejor dónde es más probable que surja la enfermedad por el virus del Ébola.
Un reciente estudio de modelización publicado en Scientific Reports proyectó que un brote de ébola en la población de gorilas de montaña, en peligro de extinción, del macizo de Virunga podría propagarse rápidamente a través de los grupos sociales si no se produjera ninguna intervención. Los autores descubrieron que la vacunación de emergencia de al menos la mitad de los gorilas habituados podría mejorar drásticamente la supervivencia, lo que ilustra cómo las medidas de conservación proactivas pueden reducir el impacto de futuros brotes.
Al mismo tiempo, los modelos predictivos están ayudando a identificar zonas de alto riesgo en las que se puede dar prioridad a las medidas de vigilancia antes de que se produzcan los brotes.
Por qué es importante la vigilancia de la fauna silvestre
El actual brote del virus del Ébola Bundibugyo en la República Democrática del Congo demuestra una vez más que la vigilancia debe ir más allá de los casos humanos.
El seguimiento de la sanidad de la fauna silvestre, el refuerzo de las redes de laboratorios, la mejora de los diagnósticos sobre el terreno y el intercambio de datos entre sectores contribuyen a una detección más temprana y a una mejor comprensión de la dinámica de las enfermedades. El seguimiento de la fauna silvestre puede proporcionar valiosas señales epidemiológicas, al tiempo que sirve de base para las medidas de conservación de las especies en peligro de extinción. El intercambio de información intersectorial puede llevarse a cabo a través de WildEpi, el nuevo mecanismo de notificación propuesto por la OMSA para compartir información sobre cuestiones de sanidad de la fauna silvestre y enfermedades que no figuran en la lista de la OMSA.
La vigilancia integrada beneficia tanto a la conservación de la biodiversidad como a la salud pública, al mejorar la preparación antes de que los patógenos traspasen las barreras entre especies.
Por eso, la OMSA destaca el papel fundamental de la vigilancia de la fauna silvestre, la detección precoz y la prevención a la hora de reducir el riesgo de transmisión de zoonosis y reforzar la preparación.
Reforzar la vigilancia donde más importa
Este es precisamente el objetivo del proyecto ZOOSURSY.
ZOOSURSY, que opera en 17 países africanos, refuerza los sistemas de vigilancia de las enfermedades zoonóticas en la interfaz entre el ser humano, los animales y el medio ambiente. Al apoyar la capacidad de los laboratorios, las investigaciones sobre el terreno, el seguimiento de la sanidad de la fauna silvestre y la colaboración entre los sectores veterinario, de salud pública y medioambiental, el proyecto contribuye a la detección precoz de enfermedades zoonóticas emergentes y reemergentes, incluida la enfermedad por el virus del Ébola.
En lugar de limitarse a responder una vez que se producen los brotes, la vigilancia integrada ayuda a los países a comprender mejor la circulación de los patógenos en la fauna silvestre, identificar los riesgos en su origen y reforzar la preparación antes de que se produzca la próxima emergencia.
Mientras la enfermedad por el virus del Ébola sigue suponiendo un reto para las comunidades de África Central, una lección queda clara: la protección de la salud humana y la de la fauna silvestre son objetivos inseparables. Las personas y los grandes simios comparten los mismos hábitats y pueden estar expuestos a los mismos patógenos, lo que convierte la sanidad de la fauna silvestre en una parte importante de la salud pública. Porque la prevención del próximo brote de la enfermedad por el virus del Ébola comienza mucho antes de que se detecte el primer caso humano.
Las plataformas digitales permiten a las personas acceder y compartir datos que pueden tener un gran impacto en la sanidad animal y los medios de vida. Descubra cómo el intercambio de datos está ayudando a Letonia a reforzar su preparación frente a enfermedades reemergentes, y cómo los países de América del Sur están desarrollando sistemas para intercambiar certificados veterinarios electrónicos. Haciendo el comercio más rápido, eficiente y seguro.
En febrero de 2026, un perro dio positivo a la rabia en Alemania. Las autoridades sanitarias descubrieron que el perro había entrado en la Unión Europea en noviembre de 2025, a través de Letonia. Utilizaron una notificación inmediata en el Sistema de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos (RASFF) para alertar a los colegas de Santa Ansonska en la División de Análisis de Información y Respuesta a Emergencias del Servicio Alimentario y Veterinario de Letonia.
Santa Ansonska es experta superior en la División de Vigilancia de Enfermedades Infecciosas Animales del Departamento de Vigilancia Veterinaria. Inmediatamente después de ser alertada del caso por sus colegas, tuvo que rastrear y verificar la identificación de cada perro y gato del envío utilizando otra plataforma digital llamada TRACES. Este sistema apoya el intercambio de información sobre certificaciones digitales requeridas para la importación y exportación de animales, productos animales y plantas dentro de la Unión Europea, así como hacia y desde ella. Le llevó dos días recopilar toda la información necesaria; posteriormente utilizó los datos disponibles para enviar una notificación oficial a la Comisión Europea, con el fin de compartir la información con otros países que pudieran estar interesados en el caso.
El traslado de animales de un país a otro es una actividad normal vinculada al comercio. Esto se refiere no solo a los animales de compañía, sino también al ganado. Con cualquier movimiento de animales existe el riesgo de propagación de enfermedades de una zona a otra. Aquí es donde la vigilancia, los sistemas de datos integrados y las herramientas digitales se vuelven esenciales. El reto no es la presencia de una enfermedad en un país, sino disponer de la información adecuada en el momento oportuno para responder eficazmente. Como explica Santa Ansonska:
«Todos deberíamos temer a lo desconocido. Pero si los datos están disponibles rápidamente, podemos ser más proactivos y no solo reaccionar ante la situación.»
Prepárese, utilice datos
La prevención y el control no solo se aplican a la rabia. La fiebre aftosa es una enfermedad viral altamente contagiosa del ganado. Reduce gravemente la productividad de los animales y se considera una amenaza importante por parte de agricultores y veterinarios en todo el mundo. Como señala el informe 2026 El estado de la sanidad animal en el mundo, tras años de ausencia, la enfermedad ha reaparecido recientemente en Europa y también se está propagando a nuevas zonas de África. La dinámica epidemiológica de la enfermedad a nivel mundial preocupa a expertos en sanidad animal, agricultores y comerciantes. Sin embargo, existen medidas para reducir los riesgos. La notificación oportuna y transparente permite a los países tomar decisiones basadas en la ciencia y la evidencia. Esto es especialmente importante cuando los servicios veterinarios operan con presupuestos limitados y deben reasignar recursos rápidamente para prevenir crisis mayores. Como explica Santa Ansonska:
«Tan pronto como supimos que la fiebre aftosa había reaparecido en Europa, tuvimos que tomar muchas medidas para reasignar recursos, reorganizar nuestro trabajo, comunicar el riesgo a las personas afectadas y desarrollar medidas preventivas antes de que la enfermedad pudiera entrar en el país. Gracias a sistemas de información como ADIS y WAHIS, contamos tanto con la evidencia de que la enfermedad está presente en una zona como con los datos necesarios para explicar a los responsables de la toma de decisiones por qué esto representa una amenaza para nosotros.»
Dejar que los datos dialoguen (entre sí)
El Sistema de Información sobre Enfermedades Animales (ADIS) y el Sistema Mundial de Información Zoosanitaria (WAHIS) son dos plataformas separadas creadas por la Unión Europea y la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), respectivamente, para permitir a los países compartir datos sobre enfermedades animales presentes en su territorio. Ambos sistemas fueron interconectados entre 2024 y 2025, con Letonia desempeñando un papel clave como país piloto al inicio del proceso. El objetivo de esta interconexión fue facilitar la carga de trabajo de los responsables de sanidad animal en toda la Unión Europea y facilitar el intercambio de información a nivel mundial: la información se introduce una sola vez, y los usuarios de ambas plataformas pueden acceder a ella.
El valor de los datos es que solo son útiles cuando pueden conectarse entre sí y accederse fácilmente, permitiendo a profesionales, investigadores y otros usuarios reutilizarlos. Lo mismo se aplica a los certificados veterinarios, donde los retos de digitalización son elevados. Actualmente, muchos países todavía producen certificados veterinarios en papel para la exportación de animales y productos de origen animal. La producción y el intercambio físico de estos documentos requiere tiempo, es más propensa a errores o alteraciones y exige esfuerzos duplicados para introducir y extraer información por parte de importadores y exportadores.
Simon Padilla es funcionario de asuntos económicos en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Dentro del Fondo para la Aplicación de Normas y el Fomento del Comercio (STDF) ha trabajado durante muchos años en el intercambio multilateral de certificados electrónicos y, como muchas personas involucradas en la gestión de datos, señala que el principal reto no es crear la plataforma, sino producir información que realmente pueda utilizarse.
«La tecnología detrás de un sistema internacional para intercambiar certificados es en realidad sencilla», explica Simon Padilla. «La parte difícil es garantizar que los datos sean correctos y fiables. Y eso implica todo el proceso de certificación. Es necesario trabajar con los inspectores y con los distintos operadores empresariales para asegurar que todo funcione correctamente. Se requiere un alto nivel de coordinación para garantizar que el sistema funcione bien y que todos los que contribuyen a él realicen su trabajo adecuadamente.»
En la actualidad, el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) colabora con el Centro Internacional de Cálculos Electrónicos de las Naciones Unidas (UNICC) para desarrollar un nuevo sistema de intercambio de certificados veterinarios electrónicos. Financiado por el STDF, el proyecto entró en la fase de desarrollo de la plataforma en febrero de 2026, y las normas de la OMSA sobre certificación veterinaria electrónica servirán como referencia para crear una base común para los países participantes.
Cómo el comercio puede reforzar la sanidad animal
La armonización es un reto importante para cualquier país que desee intercambiar productos de forma segura. Existen cientos de certificados veterinarios diferentes, dependiendo del producto exportado, el mercado de destino y los requisitos específicos aplicables. El nuevo proyecto liderado por el IICA tiene como objetivo comenzar con un conjunto limitado de productos comercializados en las Américas, con el fin de comprender cómo los países pueden armonizar sus necesidades de certificación y cómo este proceso podría ampliarse posteriormente a nivel mundial.
El objetivo final es facilitar el trabajo de las personas y reforzar las relaciones generadas a través del comercio. En este contexto, la sanidad animal desempeña un papel central y puede beneficiarse enormemente de estos esfuerzos, como explica Simon Padilla:
«Si se desea digitalizar un sistema de certificación veterinaria, es necesario revisar todo el proceso. Y al hacerlo, a veces se identifican cuellos de botella o problemas críticos que deben abordarse. Por lo tanto, al facilitar el comercio también se fortalece el sistema de control de la sanidad animal. Queremos reducir el papeleo, el tiempo y los costes del comercio internacional, minimizando al mismo tiempo los errores, las interrupciones y el fraude. Y cuando se reducen las posibilidades de errores o fraude, se genera confianza y se facilita el comercio, pero al mismo tiempo se refuerza la protección sanitaria. Ambos conceptos están conectados: sanidad animal y comercio. El objetivo es hacer que todo el proceso sea más eficiente y seguro para todos, incluidos los importadores, exportadores, operadores económicos, reguladores y consumidores. Pero los agricultores y veterinarios sobre el terreno serán los principales beneficiarios de este proyecto.»
Mientras los gobiernos y los sectores de la sanidad animal se enfrentan a un aumento de la resistencia a los antimicrobianos (RAM), cada vez más expertos reclaman una mayor inversión en prevención, vigilancia, Servicios Veterinarios y sistemas de sanidad animal.
Entre ellos se encuentra la Dra. Laure Weber-Vintzel, especialista sénior en ganadería del Banco Mundial, que pone al servicio de la lucha contra la RAM décadas de experiencia en la práctica veterinaria. A propósito de la reciente publicación del informe El estado de la sanidad animal en el mundo, comparte su visión sobre los obstáculos, las medidas preventivas y las soluciones para reducir el uso de antimicrobianos en la producción ganadera sin comprometer la productividad, e incluso mejorarla.
¿Podría resumir brevemente su trayectoria en el ámbito de la resistencia a los antimicrobianos (RAM)?
Dra. Laure Weber-Vintzel: Empecé mi carrera como veterinaria clínica, donde el uso responsable de los antimicrobianos formaba parte de mi trabajo diario. Posteriormente me incorporé a la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), una institución comprometida desde hace mucho tiempo con la lucha contra la resistencia a los antimicrobianos. En mi puesto actual en el Banco Mundial trabajo en la intersección entre los sistemas ganaderos sostenibles, la sanidad animal y la colaboración intersectorial, por lo que la RAM constituye una parte importante de mis responsabilidades.
Según su experiencia, ¿cuáles son los principales retos a los que se enfrentan ganaderos y veterinarios en relación con el uso de antimicrobianos?
L. W.: El primero es el acceso. El acceso a medicamentos veterinarios de calidad, incluidos los antimicrobianos, así como a servicios veterinarios básicos, sigue siendo un reto importante y favorece el uso inadecuado de productos adquiridos sin prescripción.
Además, como ocurre en muchos ámbitos de la sanidad animal, la insuficiente inversión en prevención es uno de los factores principales que favorecen la aparición de enfermedades y la consiguiente dependencia de los antimicrobianos.
Y, por supuesto, la falta de concienciación, la inseguridad alimentaria y la pobreza continúan siendo algunos de los principales impulsores de la RAM. Por ejemplo, en zonas con recursos limitados, incluso los ganaderos con formación no siempre pueden permitirse desechar la leche después de un tratamiento, lo que provoca que se consuma leche con residuos de antibióticos.
Existe la creencia de que reducir el uso de antibióticos perjudica la productividad. ¿Es cierto?
L. W.: La realidad no es tan sencilla. Lo que perjudica la productividad es una mala sanidad animal. Por tanto, cuando los antimicrobianos contribuyen a mantener a los animales sanos, también favorecen la productividad. Sin embargo, cuando se utilizan de forma irresponsable, no contribuyen a la sanidad animal y terminan perjudicando la productividad.
Una gestión deficiente de los rebaños y una mala sanidad ganadera favorecen la aparición de enfermedades y la dependencia de los antimicrobianos. Las inversiones en higiene, bioseguridad, vacunación, nutrición y alimentación animal permiten obtener animales más sanos, una mayor productividad y una menor necesidad de antimicrobianos. Se trata de pasar de una estrategia reactiva a una estrategia preventiva, con múltiples beneficios añadidos.
¿Cuáles son las principales carencias de los esfuerzos actuales para combatir la RAM?
L. W.: La lista es bastante larga. Incluye, entre otros aspectos, la gobernanza de la RAM, las inversiones en prevención, la sensibilización de las partes interesadas, los datos sobre el uso de antimicrobianos, el fortalecimiento de los Servicios Veterinarios y el refuerzo de las capacidades de vigilancia.
La vigilancia, por ejemplo, requiere capacidades a todos los niveles: desde redes de campo capaces de asesorar a los ganaderos, detectar precozmente los problemas y responder a ellos, hasta laboratorios con capacidad para adaptar los tratamientos a los patógenos identificados.
Más ampliamente, la RAM sigue percibiéndose como un problema médico o veterinario cuando, en realidad, constituye una amenaza para el desarrollo con consecuencias macroeconómicas reales. Este mensaje debe transmitirse al más alto nivel de los gobiernos. Prevenir y reducir la RAM protege la sanidad de los animales de producción, su productividad y, por tanto, los medios de vida de millones de personas.
¿Y en cuanto a las inversiones? ¿Dónde deberían concentrarse en el futuro?
L. W.: Cualquier medida que mejore la sanidad animal reducirá la necesidad y el uso de antimicrobianos y aumentará la productividad ganadera, ya sea mediante una mejor bioseguridad, una mayor higiene, la vacunación o una alimentación de calidad.
A menudo utilizo la analogía de una fuga de agua: se puede pintar una pared dañada, pero el agua seguirá filtrándose porque no se ha abordado la causa del problema. Lo que necesitamos es cambiar de enfoque; dejar de reparar las consecuencias para empezar a prevenir las causas, redirigiendo recursos, energía e inversiones hacia las etapas previas.
Por ello, debemos invertir en prevención sistémica, vigilancia, regulación de los medicamentos veterinarios y cambios de comportamiento.
La comunicación y la sensibilización de los ganaderos también son fundamentales. Prevenir una enfermedad resulta mucho menos costoso que responder a ella una vez que ha aparecido, y esto también se aplica a la resistencia a los antimicrobianos. Convencer a alguien de invertir en algo que quizá nunca llegue a ocurrir no siempre es fácil. Sin embargo, las pruebas son claras, los ganaderos que invierten en la gestión de sus rebaños, en la prevención y en la bioseguridad simplemente tienen animales más sanos y necesitan menos antimicrobianos.
¿Qué papel deberían desempeñar los gobiernos en la lucha contra la RAM?
L. W.: La RAM es un problema sistémico. Los gobiernos deben adoptar un enfoque integral que abarque desde la inversión en prevención hasta el fortalecimiento de la capacidad de los laboratorios, el acceso a medicamentos de calidad, la supervisión veterinaria y la cooperación intersectorial. Sin un enfoque de este tipo, seguiremos reparando los daños causados por la fuga en lugar de solucionar su origen.
Los gobiernos también tienen un papel importante a la hora de identificar socios para el desarrollo dispuestos a apoyar sus esfuerzos frente a la RAM. Entre ellos se encuentra el Grupo Banco Mundial, que considera la RAM no solo como una cuestión veterinaria o médica, sino como una amenaza para el desarrollo que requiere una acción inmediata.
Si tuviera que transmitir un único mensaje clave al público mundial sobre la RAM, ¿cuál sería?
L. W.: Inviertan en prevención. Los animales sanos, protegidos frente a la exposición a los patógenos, necesitan menos antimicrobianos, son más productivos y generan menores costes asociados a las enfermedades. Las inversiones tempranas reducen el uso de antimicrobianos y la aparición de resistencias al tiempo que aumentan la producción. Actuar de forma preventiva, reforzar la comunicación y desarrollar capacidades beneficia a todos: ganaderos, gobiernos y veterinarios.
La 93.ª Sesión General de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) marcó la revisión de la norma de la OMSA sobre el comercio y la creación de una nuevo capítulo sobre bioseguridad. Esta decisión fue impulsada por las solicitudes de los miembros de la OMSA para incluir información sobre bioseguridad en las normas. Como todas las demás normas elaboradas por la OMSA para que sus Miembros las apliquen, las que dominaron la agenda de este año están llamadas a tener un impacto positivo en la sanidad y el bienestar animal en todo el mundo. Entre los ámbitos en los que aportan beneficios de gran alcance, destaca el panorama de los mercados de aves vivas, donde enfermedades infecciosas como la influenza aviar pueden propagarse, como un espacio particularmente vulnerable, pero a la vez central.
Entender el problema desde la perspectiva de las materias primas
Los mercados de aves vivas han desempeñado tradicionalmente un papel clave en el sudeste asiático y en África occidental. En algunos países, constituyen la columna vertebral de ciudades que dependen del comercio centrado en los alimentos y del turismo. En varios de ellos, los mercados de aves vivas garantizan la seguridad alimentaria al proporcionar acceso a productos frescos asequibles y representan una fuente estable de ingresos para los numerosos vendedores que dan vida a este vibrante espacio comunitario.
Sin embargo, enfermedades animales infecciosas como la influenza aviar han sometido estos entornos a una presión considerable, ya que ofrecen un caldo de cultivo para la aparición y propagación de agentes patógenos dañinos. Cuando surgen enfermedades zoonóticas, los brotes afectan al comercio avícola y provocan una pérdida de confianza de los consumidores. Los mercados de animales vivos donde se venden y manipulan suelen estar vinculados a la transmisión de enfermedades zoonóticas, ya que pueden facilitar el movimiento de animales que podrían portar patógenos. La mezcla de especies en estos mercados complica aún más la situación, al plantear riesgos importantes para la salud y la ecología.
Con demasiada frecuencia, las intervenciones de sanidad pública veterinaria para frenar la propagación del virus se han centrado en combatir la enfermedad estrictamente dentro de los límites de los propios mercados. Entre las medidas adoptadas se han incluido la prohibición de guardar aves durante la noche en los mercados, la aplicación de “días de descanso” y la separación de las especies de aves dentro de los mercados. Tras la pandemia de COVID-19, por ejemplo, varios países cerraron temporalmente sus mercados de animales vivos, lo que paralizó los flujos comerciales y las cadenas de suministro alimentario esenciales. Pero esta solución demostró no ser sostenible ni viable a largo plazo. Provocó consecuencias no deseadas, como la aparición de mercados negros no regulados de productos de origen animal y la atribución de la pandemia a estas prácticas culturales. El estigma ahora asociado a los mercados de animales vivos se ha cargado de connotaciones muy negativas.
En cambio, la evidencia muestra que el control de la influenza aviar para la prevención de pandemias debe comenzar antes de que las aves de corral lleguen a los mercados de animales vivos. De hecho, las medidas centradas únicamente en los mercados de aves vivas probablemente no reduzcan de forma eficaz la exposición de comerciantes y compradores al riesgo de influenza aviar si no van acompañadas de intervenciones específicas a lo largo de toda la cadena de suministro. Por tanto, las estrategias de prevención de pandemias deben dirigirse a los criadores y transportistas de pollos en los países donde el virus es endémico, con el fin de reducir el número de aves infectadas que llegan a los mercados.
Dar forma al futuro de los mercados avícolas
Diversos estudios han identificado los principales riesgos asociados a estos entornos. Los mercados que venden animales vivos presentan los mayores riesgos para la salud humana y la biodiversidad debido a su carga patógena, especialmente aquellos que implican animales silvestres, estrechamente vinculados a enfermedades infecciosas emergentes. Factores combinados, como la presencia de animales vivos, incluidos aquellos con alto riesgo de enfermedad, el tamaño del mercado y las prácticas de limpieza e higiene, pueden contribuir a la aparición de enfermedades.
Dada la naturaleza compleja de los riesgos de enfermedades infecciosas, los responsables políticos no deberían centrarse únicamente en los mercados al mitigar futuros brotes. Las intervenciones específicas, basadas en la ciencia y en el riesgo, aplicadas de manera ascendente en la cadena de suministro, así como en los movimientos transfronterizos de aves, pueden hacer que los mercados avícolas sean más seguros sin llevar a las economías locales al borde del colapso.
La bioseguridad deficiente y el comercio no regulado forman parte del problema, ya que pueden agravar los riesgos de enfermedad. Por eso, la revisión del Manual de la OMSA y la incorporación de un nuevo capítulo sobre bioseguridad durante la Sesión General de este año representan un paso hacia poblaciones animales más sanas y libres de enfermedades. En el caso de los mercados de aves vivas, los animales se obtienen a nivel nacional. Sin embargo, independientemente de su origen, es importante aplicar siempre una bioseguridad eficaz desde la granja de origen hasta el mercado.
Como piedra angular de los programas de sanidad animal, la bioseguridad debe aplicarse para prevenir y controlar enfermedades en las poblaciones. Junto con las recientes recomendaciones sobre puestos de inspección fronterizos y centros de cuarentena para apoyar la aplicación eficaz de medidas y procedimientos aplicables al tránsito, la importación y la exportación de mercancías, estos enfoques reducen la introducción de infecciones en las poblaciones y favorecen la continuidad del comercio.
Estas resoluciones están destinadas a dejar un legado duradero en un mundo globalizado, donde el comercio seguro sustenta la inocuidad alimentaria y la resiliencia económica como pocas otras cosas. Al ofrecer recomendaciones para mejorar la aplicación de la bioseguridad cuando se trasladan animales a nivel nacional o internacional, la propagación de agentes patógenos a través del comercio internacional de mercancías debería minimizarse, sin dar lugar a restricciones comerciales innecesarias. Además de reducir el riesgo de enfermedad, los beneficios previstos de estas normas incluyen una menor necesidad de utilizar productos veterinarios, menores tasas de sacrificio de animales con fines de control sanitario, pérdidas económicas limitadas, medios de vida protegidos y una mejoría del bienestar animal. En conjunto, pueden garantizar la seguridad alimentaria y la inocuidad de los alimentos, promover la salud animal, humana y ambiental, y abrir el camino hacia un comercio seguro y la continuidad de las actividades.
Intervenciones específicas de «Una sola salud»
Más allá de las normas, la colaboración entre las partes interesadas también debe ponerse en práctica en este contexto complejo. El enfoque «Una sola salud» busca prevenir las enfermedades zoonóticas abordando los riesgos en su origen, por ejemplo, en los mercados de animales vivos, mediante la colaboración multidisciplinaria entre expertos en salud pública, veterinarios y especialistas en medio ambiente, para garantizar prácticas alimentarias seguras y una regulación eficaz de los puntos de venta de animales y alimentos. Las soluciones «Una sola salud» podrían incluir mejoras en la infraestructura, limpieza regular y “días de descanso” para interrumpir la circulación viral, programas de formación para vendedores centrados en la higiene y la prevención de infecciones, y sistemas de monitoreo y certificación que premien el cumplimiento en lugar de penalizar el comercio.
Esta combinación de enfoques puede ayudar a alcanzar un objetivo más amplio e importante: mercados avícolas resilientes y seguros que sostengan los medios de vida al tiempo que protegen frente a la amenaza inminente de la influenza aviar. Las intervenciones específicas y la aplicación de normas, y no las prohibiciones generales, ofrecen una vía pragmática hacia prácticas comerciales de animales más seguras. Se invita a los Miembros a aplicar diligentemente las normas de la OMSA y adaptarlas a su legislación para garantizar que el riesgo de enfermedad se mitigue hoy y que la salud de todos esté protegida mañana.
Los veterinarios en Colombia recorren largas distancias en barco a lo largo del río Amazonas para llegar a comunidades indígenas. Allí, capacitan a las personas en prácticas de manejo animal, medidas básicas de bioseguridad y el reconocimiento y la notificación de síntomas de enfermedades a las autoridades. La experiencia de Colombia demuestra que capacitar a los miembros de la comunidad como parte de un sistema de alerta temprana puede ampliar el alcance de los servicios de sanidad animal incluso en las zonas más remotas mediante modelos de fuerza laboral comunitarios y de bajo costo.
Preservar las tradiciones y la sanidad animal en Colombia Los veterinarios en Colombia recorren largas distancias en barco a lo largo del río Amazonas para llegar a comunidades indígenas. Allí, capacitan a las personas en prácticas de manejo animal, medidas básicas de bioseguridad y el reconocimiento y la notificación de síntomas de enfermedades a las autoridades. La experiencia de Colombia demuestra que capacitar a los miembros de la comunidad como parte de un sistema de alerta temprana puede ampliar el alcance de los servicios de sanidad animal incluso en las zonas más remotas mediante modelos de fuerza laboral comunitarios y de bajo costo. Las comunidades indígenas en Colombia, en el departamento de Amazonas, han organizado sus sistemas productivos en torno al concepto de la chagra desde hace siglos.
Técnicamente, una chagra es un área de policultivos en la que se producen de manera integrada alimentos básicos como el plátano, la yuca, las frutas, las plantas medicinales y las hierbas aromáticas. En este mismo espacio también se desarrolla la producción animal, que incluye aves de traspatio, cría de cerdos a pequeña escala y estanques para la producción de peces. Más allá de su función productiva, la chagra tiene un importante valor cultural, estrechamente vinculado a la preservación del patrimonio comunitario y de los conocimientos tradicionales. Mientras que los hombres suelen dedicarse a la caza y a otras actividades productivas externas, las mujeres son generalmente responsables del trabajo de la chagra. Ellas recolectan, cultivan, cosechan y preparan los alimentos, transmitiendo así técnicas, conocimientos ecológicos y prácticas culturales de generación en generación.
La vigilancia del estado sanitario de los animales y cultivos dentro de la chagra es una prioridad para el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), la autoridad nacional responsable de la sanidad vegetal y animal en Colombia. Actualmente, dos veterinarios y tres técnicos apoyan el programa de extensión en sanidad animal y vegetal en el departamento del Amazonas, un territorio de 110.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente del tamaño de Bulgaria o Guatemala. Para hacer frente a los importantes desafíos logísticos que plantea este territorio extenso y remoto, los veterinarios del ICA han capacitado a 26 personas del departamento, de distintas chagras, para reconocer los signos clínicos de las enfermedades animales más comunes. Estos miembros capacitados de la comunidad, conocidos como sensores, realizan tareas similares a las de los agentes comunitarios de sanidad animal en otras partes del mundo, especialmente en lo que respecta a los sistemas de alerta temprana y detección de enfermedades.
Su labor fortalece la capacidad local de vigilancia, lo que permite una notificación y respuesta más rápidas ante posibles amenazas sanitarias en territorios indígenas.
Capacitamos a los sensores para que pudieran identificar signos de enfermedad y notificarnos. Antes de nuestra intervención, las personas no estaban acostumbradas a implementar prácticas preventivas de manejo animal: no había desparasitación ni instalaciones adecuadas, y esto se traducía en altas tasas de mortalidad. Mediante la capacitación en bioseguridad, resistencia a los antimicrobianos y prevención de enfermedades, la comunidad ahora reconoce riesgos como la rabia y la salmonelosis.
Yenny Soledad Infante Rivera, gerente seccional del ICA Amazonas.
«Además, dado que el río Amazonas está afectado por la contaminación con mercurio, varias especies de peces ya no son aptas para el consumo. Por ello, también apoyamos el desarrollo de sistemas de producción de peces más seguros, permitiendo a las comunidades criar sus propios peces en estanques bajo mejores condiciones sanitarias».
Como ilustra el ejemplo de la producción de peces, producir alimentos en la selva amazónica dista mucho de ser sencillo. Aunque muchas comunidades podrían beneficiarse de la introducción de nuevas técnicas y razas mejoradas de aves de corral en sus chagras, esto también implica importantes desafíos. Jairo Eusebio Cachique Hernández, uno de los dos veterinarios del ICA que visita regularmente las comunidades indígenas para labores de capacitación y vigilancia, suele referirse al caso de las gallinas ponedoras. Estas aves suelen ser transportadas en barco hasta lo profundo de la selva y, una vez allí, deben adaptarse rápidamente a condiciones ambientales y sanitarias completamente nuevas.
«Observamos que estas razas especializadas presentaban numerosos problemas respiratorios», explica el señor Cachique Hernández. «Aunque realizamos de forma rutinaria pruebas de influenza aviar y enfermedad de Newcastle en las chagras, nunca hemos detectado ninguna de ellas. Sin embargo, las gallinas no estaban protegidas por la noche y quedaban directamente expuestas a los cambios atmosféricos de la selva, donde las temperaturas pueden descender bruscamente de 40 °C a 19 °C en pocas horas, en ciertas épocas del año. Estas fluctuaciones generan un estrés considerable en los animales, sin mencionar su exposición a aves silvestres y a los virus que estas portan de manera natural. Una vez que trabajamos con la comunidad para construir refugios sencillos, la situación mejoró. La aplicación de medidas básicas de bioseguridad, como la limpieza y desinfección rutinarias, también marcó una diferencia significativa ».
Lo que hacen los veterinarios del ICA en Amazonas va más allá de la introducción de nuevas prácticas o de la sensibilización sobre la sanidad animal en las chagras. Los 26 sensores capacitados en el departamento forman parte de una red nacional de más de 5.000 personas en toda Colombia que fortalecen el sistema de alerta temprana basado en la participación comunitaria. Su función es notificar al ICA sobre signos clínicos compatibles con enfermedades de control oficial u objeto de vigilancia, reforzando así la capacidad de vigilancia en zonas remotas del país. Esta colaboración, que aún requiere inversiones y recursos sostenidos, tiene el potencial de proteger la sanidad de los animales de los que dependen las comunidades indígenas, así como de todo el sector pecuario colombiano.
«Trabajar con las comunidades indígenas requiere respeto mutuo e intercambio de conocimientos. Desde el ICA aportamos información y acompañamiento, pero también aprendemos de ellos. No siempre es fácil, pero han sobrevivido durante siglos en entornos extremadamente complejos. Es un intercambio de saberes, cultura y técnicas », puntualiza Yenny Soledad Infante Rivera, gerente seccional del ICA Amazonas.
Los jóvenes que hoy se incorporan a la ciencia estarán en la primera línea de las crisis sanitarias del mañana. A medida que las enfermedades emergentes surgen cada vez más de la interacción entre humanos, animales y el medio ambiente, la próxima generación de científicos debe contar con habilidades interdisciplinarias para anticipar y prevenir futuros brotes.
Formar a estos jóvenes profesionales para pensar más allá de los sectores salud, ecología y virología, se ha convertido en una prioridad estratégica en la preparación sanitaria global. Bajo este contexto nace el Club de Estudiantes ZOOSURSY, situando a los jóvenes científicos en el centro de los esfuerzos por comprender y prevenir las zoonosis virales emergentes.
En línea con esta visión, el proyecto ZOOSURSY, financiado por la Unión Europea a través de Global Gateway, trabaja para mejorar la preparación frente a zoonosis virales emergentes, como la gripe aviar, mediante un enfoque de “Una sola salud”. El proyecto reúne a socios académicos y de investigación, entre ellos IRD, Cirad, el Helmholtz Institute for One Health, el Instituto Pasteur y la Universidad de Helsinki.
Los jóvenes científicos son el núcleo de esta iniciativa. El 14 de enero de 2026, diecinueve estudiantes de maestría y doctorado involucrados en ZOOSURSY se reunieron por primera vez como parte del recién creado Club de Estudiantes. Procedentes de Gabón, Kenia, Camerún, Zimbabue, Guinea, Congo y la República Centroafricana, y vinculados a universidades de África, Europa y América del Norte, representan una nueva generación de profesionales que trabajan en la dinámica de las enfermedades zoonóticas.

Aunque sus temas de tesis son diversos, su enfoque científico converge en un desafío común: comprender cómo circulan los virus en la interfaz entre humanos, animales y el medio ambiente. Más allá de la virología y la epidemiología, su trabajo también incorpora disciplinas como la ecología y las ciencias sociales para comprender mejor los factores humanos, ambientales y de comportamiento que influyen en la aparición y transmisión. A través del Club de Estudiantes, los participantes aprenden unos de otros, amplían sus perspectivas y fomentan un pensamiento innovador e intersectorial.
El Club de Estudiantes se creó como un espacio de diálogo y aprendizaje entre pares. Su objetivo es promover intercambios regulares entre los estudiantes y el consorcio en su conjunto, fomentar la retroalimentación entre pares sobre proyectos científicos y organizar charlas impartidas por científicos experimentados cuyos trabajos se alinean con los intereses de los estudiantes.
En conjunto, estos esfuerzos buscan fortalecer la preparación frente a futuros brotes, un pilar fundamental del enfoque “Una sola salud” promovido por la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) y sus socios.
Más allá de los resultados científicos, la iniciativa aborda otro desafío clave en la salud global: construir y mantener la capacidad de gestión de enfermedades zoonóticas en las regiones más afectadas por estas amenazas. A través de ZOOSURSY, los estudiantes se benefician de formación práctica, oportunidades de trabajo de campo, mentoría y acceso a redes internacionales y locales, incluidas colaboraciones con instituciones y el fortalecimiento de capacidades en instituciones nacionales. Estas experiencias permiten trasladar la teoría a la práctica, al tiempo que refuerzan la experiencia local y regional.
Las reuniones se celebrarán cada dos meses, complementadas con sesiones de mentoría semestrales centradas tanto en el desarrollo científico como profesional. Un punto destacado de esta red será el primer Simposio ZOOSURSY, previsto para octubre de 2026 en Nairobi, Kenia. Para entonces, se espera que los estudiantes presenten sus proyectos a los socios del consorcio, fortaleciendo las relaciones construidas en el club y contribuyendo directamente a la producción científica del proyecto.
En un ámbito donde la preparación depende tanto de la inversión sostenida en las personas como en los datos, iniciativas como el Club de Estudiantes ZOOSURSY desempeñan un papel estratégico. Ayudan a garantizar que la investigación sobre zoonosis emergentes no solo se produzca, sino que también se integre en una comunidad científica en crecimiento, preparada para responder a futuras amenazas sanitarias.
Al situar a los jóvenes científicos en el centro de su enfoque “Una sola salud”, el proyecto ZOOSURSY financiado por la Unión Europea destaca un principio sencillo: fortalecer la preparación global ante los brotes del mañana comienza por empoderar a quienes los estudiarán hoy.
En el Día Mundial de la Vida Silvestre de este año celebramos la funcionalidad y la belleza asombrosas del verde que nos rodea. Las plantas y la vegetación están lejos de ser un simple telón de fondo para el resto de la humanidad: sostienen la vida en la Tierra. Pero, al igual que los animales y los seres humanos, se ven afectadas por acontecimientos que transforman el mundo, incluida la crisis climática y otras actividades de origen humano. Esto hace urgente que los profesionales del enfoque “Una sola salud” imaginen y hagan posible un futuro en el que la interdependencia de los ecosistemas se vea reforzada por cambios de mentalidad, estrategias ecológicas y renovados esfuerzos para garantizar la salud de todos.
Desde alimentar a los animales terrestres hasta proporcionar una infraestructura esencial para los seres naturales submarinos, las plantas desempeñan un papel clave en el ecosistema mundial de la salud, tanto en tierra como en el mar. Limpian el aire y el agua, forman el suelo y sostienen a otros seres vivos. Sin embargo, no se trata de una relación unidireccional: justo al lado, todo un mundo de animales prósperos permite silenciosamente que las plantas florezcan.
Aunque en gran medida pasan desapercibidos, los animales (incluida la fauna silvestre) son fundamentales para el bienestar de las plantas. Desde la polinización hasta la dispersión de semillas y el ciclo de nutrientes, desempeñan un papel vital en el mantenimiento del ecosistema vegetal tal como lo conocemos, prestando servicios esenciales para su supervivencia. La relación mutuamente beneficiosa entre el mundo animal y el vegetal ha creado una red de sistemas vivos autorreforzados como ninguna otra. Cuando uno prospera, el otro también.
Algunas especies, como los grandes simios, incluso han descubierto cómo utilizar las plantas para su propia curación. Los seres humanos han observado durante mucho tiempo a los animales salvajes en este proceso y luego han adaptado estos comportamientos a la medicina humana. Esto pone de relieve cómo una cadena saludable entre animales, plantas y seres humanos puede hacer del mundo un lugar mejor y más sano. Sin embargo, a medida que los entornos de la Tierra se vuelven cada vez más interconectados, existen amenazas a los ecosistemas vegetales que ya no pueden ignorarse.
Proteger las plantas bajo el agua
Las plantas están en todas partes a nuestro alrededor, incluso en lugares que no vemos ni experimentamos todos los días. Basta pensar en el vibrante ecosistema de plantas que viven bajo el agua. Las plantas acuáticas desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la salud de los ecosistemas acuáticos, incluidos los animales acuáticos y la fauna silvestre. Entre sus funciones se encuentran proporcionar una fuente de alimento fiable, producir oxígeno, mejorar la calidad del agua y ofrecer hábitat a una amplia variedad de peces y vida silvestre. Incluso brindan zonas seguras a diversas especies, ofreciendo refugio a peces e invertebrados.
Esta estrecha relación pone de manifiesto que la salud de las comunidades de plantas acuáticas es esencial para sostener poblaciones resilientes de animales acuáticos. Es fundamental que estos valiosos recursos vegetales sobrevivan en la naturaleza. Pero esta experiencia simbiótica también implica que las especies acuáticas pueden verse fácilmente afectadas por el problema recurrente de la toxicidad que afecta a las plantas. Cuando se producen lluvias intensas, la composición biológica de las plantas puede cambiar. Algunas especies pueden verse entonces afectadas con facilidad por una neurotoxina producida por algas. Entre las especies más susceptibles se encuentran los peces y los invertebrados acuáticos, como los caracoles y el zooplancton. Curiosamente, algunas plantas submarinas también pueden verse afectadas por la escorrentía agrícola.
Muchas de estas valiosas plantas submarinas se enfrentan además a amenazas como la destrucción de hábitats, la sobreexplotación, el cambio climático y el comercio no regulado o ilegal. Sensibilizar, reforzar las normativas y garantizar la sostenibilidad de la recolección y el comercio se han convertido en puntos de acción importantes.
“La conservación de las plantas acuáticas es una prioridad mundial. También es un poderoso recordatorio de que debemos mantenernos fieles al enfoque de Una sola salud, ya que sabemos que la salud vegetal es uno de los pilares de la integridad de los ecosistemas”, afirma el Dr. Mwansa Songe, miembro del Grupo de Trabajo sobre Vida Silvestre de la OMSA. “Todo debe abordarse como un único sistema. Se ha vuelto crucial que los actores del ámbito político asuman el liderazgo con un enfoque holístico. Esta es la única manera de prevenir y mitigar las amenazas desde su origen.”
Un legado tóxico: cómo la intoxicación por plomo amenaza la salud mundial
Los cambios en el clima no son el único factor que pone en peligro la salud de las plantas. Otro fenómeno está sometiendo a las plantas a una grave amenaza, con severas repercusiones sanitarias y ecológicas: la intoxicación por plomo. Causada principalmente por la ingestión de plomo procedente de municiones y aparejos de pesca, la contaminación por plomo puede tener consecuencias catastróficas para la cadena plantas-fauna silvestre.
La alta densidad del plomo lo ha convertido en la munición preferida durante siglos, a pesar de su toxicidad. Los efectos de la ingestión de perdigones de plomo y la intoxicación en la fauna silvestre se han observado desde el siglo XIX. Cuando las plantas crecen en suelos contaminados, por ejemplo, cerca de campos de tiro o en lugares donde los cazadores disparan grandes volúmenes de munición, absorben altas concentraciones de plomo en sus tejidos. La exposición a este metal pesado provoca una reducción del crecimiento; estudios sobre especies forrajeras agrícolas importantes como Festuca arundinacea, Trifolium pratense y Medicago sativa muestran reducciones de hasta un 30 % en la altura de los brotes y raíces más cortas. Los pigmentos fotosintéticos también disminuyen, afectando la vitalidad, mientras que el plomo se transfiere a lo largo de la cadena alimentaria, de las plantas a los herbívoros y luego a los depredadores, con el riesgo de una toxicidad ecológica generalizada.
La munición de plomo depositada en tierras agrícolas crea dos vías de exposición para animales y seres humanos. En primer lugar, el metal pesado puede ser absorbido por plantas destinadas al consumo humano, así como por rumiantes en pastoreo que producen leche y carne; en segundo lugar, el ganado puede ingerir directamente perdigones o fragmentos de bala, contaminando así la leche, la carne y los huevos y envenenando a los animales.
Cada año, millones de aves mueren envenenadas tras ingerir perdigones de plomo al confundirlos con alimento o con pequeñas piedras que utilizan en la molleja para triturar la comida. Carroñeros como águilas y buitres, a menudo entre nuestras especies más amenazadas, están muriendo en todo el mundo por perdigones o fragmentos de bala que quedan en las presas cazadas. Estas aves tragan inadvertidamente los fragmentos presentes en presas y carroña; luego, su fuerte ácido estomacal disuelve el plomo, permitiendo que pase al torrente sanguíneo. Los mamíferos carroñeros también están expuestos a estos fragmentos y pueden intoxicarse, pero la mortalidad es mayor en las aves debido al nivel de exposición y a su sistema digestivo particular.
La intoxicación por plomo también provoca una serie de efectos subletales: se ve afectada la capacidad de vuelo de las aves, lo que causa colisiones con infraestructuras como cables eléctricos, y se compromete el sistema inmunitario de las especies silvestres.
Debemos pensar en la salud de manera holística; un individuo con el sistema inmunitario comprometido corre un riesgo mucho mayor de padecer enfermedades infecciosas. En tiempos de una pandemia sin precedentes de gripe aviar altamente patógena, no necesitamos poblaciones de fauna cada vez menos resilientes, no solo por su propio bien sino también por los riesgos para otros sectores.
La Dra. Ruth Cromie, investigadora asociada de WWT
Más allá del legado tóxico creado por la contaminación de los suelos con decenas de miles de toneladas de munición de plomo liberadas cada año, y de la fauna y el ganado afectados, las personas también están en riesgo. Para quienes compran carne de caza, la ausencia de niveles máximos reglamentarios de plomo deja a los consumidores expuestos y en un vacío normativo.
Este es realmente un problema de Una Sola Salud. Reconociendo que el plomo afecta a casi todos los sistemas del cuerpo humano, disparar una sustancia tan altamente tóxica contra nuestros alimentos es algo extraordinario. El potente efecto dañino del plomo sobre el cerebro en desarrollo está muy bien documentado.
La Dra. Ruth Cromie, investigadora asociada de WWT
“Tal vez los cazadores no se preocupen por el aumento del riesgo de hipertensión y enfermedad renal, pero cuando alimentan a sus hijos con carne de caza abatida con plomo, los están exponiendo a un grave riesgo de daño neurológico”, añade Cromie. Para quienes compran carne de caza, la ausencia de niveles máximos reglamentarios de plomo deja a los consumidores expuestos y en un vacío normativo.
A pesar de los riesgos conocidos, resolver el problema ha resultado difícil debido a una combinación de factores culturales y resistencia de la industria. Existen alternativas no tóxicas, pero sin regulaciones que impulsen su uso, el cambio avanza con desesperante lentitud. Cromie sabe que en el futuro miraremos atrás y nos preguntaremos por qué no se prohibió antes el uso de munición de plomo, pero mantiene la esperanza de que los responsables políticos sigan la evidencia, reconozcan los beneficios para Una sola salud derivados del uso de sustitutos no tóxicos y prioricen la protección de la salud. Junto con la regulación, se necesitan más investigaciones y desarrollo, un mejor acceso a alternativas que respeten nuestros ecosistemas compartidos (especialmente en zonas desatendidas) y recursos para ayudar a los cazadores a cambiar a herramientas sin plomo. Esto también se traducirá en una reducción sustancial de la mortalidad de la fauna silvestre y en beneficios asociados al bienestar animal que solo tendrán efectos positivos para la salud de todos.
Desde los productos farmacéuticos que se filtran en las vías fluviales hasta los medicamentos veterinarios que alteran los ecosistemas y los metales pesados que envenenan animales en todo el mundo, la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) reconoce los desafíos que enfrentan la fauna silvestre y nuestro ecosistema interconectado. Sin embargo, existen soluciones a través del enfoque de Una Sola Salud. La gestión de estos grandes riesgos sanitarios mundiales no puede hacerse de forma aislada ni por un solo sector. Este enfoque va más allá de enfermedades individuales y exige la cooperación plena de los sectores de la salud animal, humana, vegetal y ambiental. A la luz de ello, la OMSA continúa aportando su experiencia en sanidad y bienestar animal a estas necesarias alianzas multisectoriales.
Al amanecer, los mercados comienzan a cobrar vida. Llegan camiones procedentes de aldeas lejanas. Los agricultores conducen ovejas y cabras por calles estrechas. Los compradores examinan a los animales, negocian los precios y se preparan para el viaje de regreso a casa. Para muchas familias, este momento representa esperanza: un animal vendido puede significar matrículas escolares pagadas, comida sobre la mesa o dinero reservado para la próxima temporada. Para quienes eligen una oveja o una cabra para una celebración, también es una fuente de orgullo y reconocimiento dentro de la comunidad.
En todo el mundo, se estima que 330 millones de personas dependen de los pequeños rumiantes —ovejas y cabras— para su sustento y su seguridad alimentaria. Estos animales son fundamentales para los sistemas de agricultura familiar, especialmente en comunidades marginadas. Proporcionan carne y leche, pero también lana y cuero para la vestimenta, y estiércol para los cultivos. En muchas regiones, las mujeres desempeñan un papel clave en su cuidado y manejo, lo que convierte a la cría de pequeños rumiantes en una vía importante hacia la independencia económica y el bienestar familiar.
Sin embargo, detrás de esta escena tan familiar se esconde una realidad menos visible. El movimiento de animales, tan esencial para el comercio y la supervivencia, también crea oportunidades para la propagación de enfermedades. El riesgo asociado al traslado de ovejas y cabras rara vez es evidente para compradores o vendedores, pero influye en la salud de los rebaños y en la estabilidad de los mercados.
Un viaje que conecta granjas y mercados
Las ovejas y las cabras se encuentran entre los animales domésticos más móviles del mundo. Los pastores las trasladan en busca de pastos y agua mediante migraciones estacionales conocidas como trashumancia, recorren largas distancias para llegar a los mercados y las comercian entre regiones y a través de fronteras. Cada desplazamiento pone en estrecho contacto a animales procedentes de distintos rebaños. Una oveja que parece sana puede haber contraído una infección días antes sin mostrar síntomas. El estrés del transporte, el hacinamiento y los cambios en la alimentación pueden debilitar sus defensas y hacerla más propensa a transmitir enfermedades a otros animales.
En algunos países, las encuestas realizadas en mercados ganaderos han demostrado la intensidad de estos movimientos, con miles de animales cambiando de manos en períodos muy cortos. Cuando los animales se desplazan con rapidez y frecuencia, resulta difícil saber de dónde proceden o adónde se dirigen después. Si aparece una enfermedad, rastrear su origen puede ser como intentar seguir huellas en la arena.
Ciertas infecciones se aprovechan especialmente de esta movilidad. La peste de los pequeños rumiantes, una enfermedad altamente contagiosa de ovejas y cabras, puede propagarse rápidamente a lo largo de las rutas comerciales y acabar con rebaños enteros. La fiebre aftosa afecta a todos los animales de pezuña hendida y puede perturbar tanto los mercados locales como el comercio internacional, ya que las ovejas y cabras pueden actuar como portadoras silenciosas. Algunas enfermedades, como la brucelosis, también pueden afectar a los seres humanos. Para los hogares que dependen de solo unos pocos animales, la pérdida de un rebaño puede significar la pérdida de ingresos, de alimentos y de seguridad.
Estos efectos van más allá de los agricultores individuales. Cuando se producen brotes, pueden desestabilizar las cadenas de suministro, elevar los precios de los alimentos y ejercer una gran presión sobre los Servicios Veterinarios. Las consecuencias se sienten no solo en las zonas rurales, sino también en pueblos y ciudades donde las personas dependen de un acceso constante a los productos de origen animal.
Proteger los medios de vida protegiendo la salud animal
Por esta razón, los expertos en sanidad animal se centran cada vez más en comprender cómo y por qué se mueven los animales. El mapeo de las rutas entre granjas, mercados y zonas de pastoreo ayuda a identificar dónde los riesgos son mayores. La vigilancia de la salud animal en puntos clave de concentración facilita la detección temprana de problemas. La vacunación y los sistemas básicos de identificación y trazabilidad animal pueden reducir aún más la probabilidad de que las enfermedades se propaguen sin ser detectadas.
La Organización Mundial de Sanidad Animal y sus asociados han destacado estos vínculos entre el movimiento de animales y la propagación de enfermedades, no para desalentar el comercio ni las prácticas tradicionales, sino para hacerlas más seguras mediante el control de los desplazamientos. El objetivo no es impedir que los animales se muevan, sino garantizar que sus viajes no transporten amenazas ocultas.
Los pequeños rumiantes son más que simples mercancías. Son cuentas de ahorro con cuatro patas, fuentes de alimento y símbolos de resiliencia para millones de familias. Favorecen la participación económica de las mujeres y ayudan a los hogares a superar tiempos difíciles. Su valor no se mide solo en dinero, sino también en estabilidad y dignidad.
Cuando una oveja o una cabra inicia un viaje, transporta algo más que su propio peso. Lleva consigo las esperanzas del hogar que la crió y, en ocasiones, el riesgo de enfermedad si no existen medidas de protección adecuadas. Comprender esta relación no es solo una cuestión técnica. Se trata de proteger los medios de vida, fortalecer los sistemas alimentarios y garantizar que el movimiento de animales siga siendo una fuente de oportunidades y no de vulnerabilidad.
Lograrlo requiere una responsabilidad compartida. Agricultores, comerciantes y Servicios Veterinarios desempeñan un papel fundamental para mantener sanos a los animales durante sus desplazamientos —mediante el intercambio de información, la aplicación de medidas básicas de bioseguridad y la respuesta rápida cuando surgen riesgos— Al prestar atención a cómo viajan los animales y al apoyar prácticas que los mantengan saludables durante el trayecto, todos pueden contribuir a que estos viajes sigan siendo un camino hacia la prosperidad y no una vía de propagación de enfermedades.
